Y ahora qué, Miguel?

Por Guido Gómez Mazara//

Por años, junto a un grupos de compañeros, mantenemos la profunda esperanza de devolverle al Partido Revolucionario Dominicano (PRD) la respetabilidad en el seno de una sociedad que siente que el proceso de construcción democrática exhibe falencias terribles.

Contra viento y marea luchamos ante un poder decidido a deformar un instrumento esencial de la cultura partidaria, haciéndolo una caricatura sin propuestas ni participación en el debate nacional y reducido a un club de adictos a la nómina pública.

El interés de pulverizar electoralmente al partido blanco tiene en el seno de la organización dos factores trágicos: los que se vendieron a cambio de ventajas económicas, y los que convencidos de la penetración e influencias del oficialismo, entendieron que en lo inmediato era fundamental edificar una alternativa opositora.

Respeto a los últimos. No obstante, reconozco que la fragmentación de la franja de electores perredeístas produce una laceración en las energías indispensables para la victoria. De ahí que la “rentabilidad” de la administración de las siglas descansa en dividir el voto blanco porque el beneficiario de esa operación tenía como encomienda básica constituirse en pieza en capacidad de recibir ventajas por su rol avieso. Así se explican las contratas, préstamos y designaciones en el aparato estatal.

Nunca he sido adversario de las alianzas. Por el contrario, tanto el PRD como las acciones de políticas públicas inteligentes necesitan de una diversidad deseosa de allanar los caminos de una democracia con un déficit institucional. Ahora bien, en los últimos diez años, la gestión partidaria se concentró en rentabilizar las siglas colocándose en el punto de mayor descrédito ciudadano debido al descaro con que la cúpula de la organización se dedicó a orquestar su comportamiento alrededor de la agenda de una autoridad divorciada de los anhelos de amplísimos núcleos ciudadanos deseosos de un partido en capacidad de acompañarlos en sus jornadas cívicas.

El PRD bajo la administración de Miguel Vargas Maldonado no pensó en lo necesario del proceso de formación ideológica porque la escuela política no funciona, nadie conoce el grupo de jóvenes que asistieron a programas de adiestramiento, se torna imposible identificar la dirigente femenina con potencialidad, y creyeron lógico engañar a una parte de la sociedad estructurando desde tribunas comunicacionales la noción de que era posible preservar niveles de simpatías alrededor de un político desdeñoso de las ideas y amante del dinero. Por eso, la tragedia reflejada en las encuestas que todas coinciden en el insignificante respaldo electoral de una organización simbólica en la vida democrática.

Ahora, el PRD luce atrapado. Básicamente, después de un acto de chulería y lambisconería sin precedentes en que Vargas Maldonado sin legitimidad institucional y amparado en que el poder le preserve la administración de las siglas, pretendió definirse en el proceso de reforma constitucional apostando a Danilo Medina. Descartada la posibilidad de la repostulación, el país será testigo de las argucias, justificaciones y ridiculez argumental del club de áulicos empeñados en tornarse gracioso frente al mandatario. Y la lección debe ser aprendida: los políticos que se acomodan y que su comportamiento lo pauta la vulgar adicción al presupuesto nacional tendrán siempre un lugar seguro en el zafacón de la historia.

Falta definir el ritmo de la verdadera legitimidad partidaria. En ese orden, será el Tribunal Superior Electoral (TSE), el espacio institucional en capacidad de determinar la suerte de un instrumento partidario de 80 años de vida, terriblemente diezmado como resultado de un marcado interés para desde el poder transformar las siglas en pieza útil de la coyuntura electoral.

Si existe un exponente de derrota política de todo el proceso es Miguel Vargas Maldonado. Incapaz de llevar a la organización a puerto político seguro, sin interlocución efectiva respecto de actores presidenciales en el año 2020 y con el desafío de cumplir su promesa de someterse a la consideración de los electores. El tiempo seguirá siendo el mejor aliado de la verdad. Con paciencia, esperamos. ¿Y ahora qué, Miguel?

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